Monday, September 27, 2010

Oliver Stone Is Good


Este fin de semana, la taquilla norteamericana tiene el nombre de un viejo amigo.
Se llama Gordon Gekko, el tiburón de tirantes y fijador, el broker de la moral, el depredador yuppie de tus pesadillas capitalistas.
Es decir, el rey de "Wall Street".


En una escena legendaria, Gekko resumía la filosofía ochentera. "La codicia, a falta de una palabra mejor, es buena".
Este inolvidable personaje proporcionó un Oscar a Michael Douglas, y convirtió a la película en la mejor definición posible del mood de su era.


Ahora, dos décadas después, Douglas repite papel en "Wall Street 2: Money Never Sleeps".
La secuela nos trae a un Gekko ex presidiario, que diagnostica el colapso de la economía mundial, pero nadie quiere hacerle caso.


Si esta segunda parte recobra a personaje, historia y discurso, también ha sido la oportunidad para proclamar el eterno retorno de su director.
Los aplausos en Cannes y los favorables registros en taquilla podrían hablar perfectamente de la vuelta de Oliver Stone.


Pero, ¿acaso se había ido alguna vez?
Quizá no, aunque la emoción que provocaba su cine parecía haber pasado a mejor vida.


Stone ha sido un director tan controvertido como cualquier posmoderno.
Pero también podría decirse que fue uno de los pocos cineastas realmente interesantes que proporcionó Estados Unidos durante la década de los ochenta.


Quizá fue el solitario continuador de lo que consiguieron directores como Coppola, Scorsese o Cimino en los setenta; ofrecer películas incómodas, que ponen a discutir a la crítica y se comportan inmejorablemente en taquilla.


Oliver Stone es veterano de Vietnam.
No sólo se nota en su temática, sino en su estilo. Es paranoico, violento y tiene muy poco sentido del humor.


Por la bellísima "Platoon" y la apocalíptica "Nacido el 4 de Julio", recibía sendos Oscars, que lo refrendaron como el mejor cronista de los pecados de su país.
Esos pecados que el resto del mundo ya sabe, pero que Estados Unidos ignora hasta que el señor Stone se los cuenta.


"JFK", que tanto él como yo consideramos su obra maestra, es una confluencia de todas las lecciones aprendidas de la ficción periodística, esa que bebe de "Ciudadano Kane" y "A Sangre Fría".
Y, a la vez, insiste en la mayor obsesión stoniana: la década de los sesenta, al revés y al derecho.


Sus mejores títulos nos hablan de un cineasta total.
Por un lado, combina texturas audiovisuales, concurre en experimentos fílmicos y propicia grandes interpretaciones de sus actores.


Por otro, ofrece largas sagas, que identifican el melodrama personal con el transcurso de la Historia.
Oliver Stone concibe la narración del pasado como un visceral ajuste de cuentas de los individuos; una visión de la Historia de enorme influencia en la ficción contemporánea.
Sin ir más lejos, muchos episodios de "Cold Case" son hijos putativos de las grandes películas de Stone.


Muchos asocian a Oliver Stone con la obra más polémica de los noventa.
Fue cuando la emprendió con el mass media en general, y la telerrealidad en particular, a ritmo de "Asesinos Natos".


Es una sátira desajustada, ofensiva y rimbombante, que tiene toda las virtudes y todos los defectos del cine de su autor.
Por un lado, es cinematográficamente fascinante; por otro, subraya hasta la saciedad lo que es obvio y demuestra que Stone no es el apropiado ni para las más negras comedias.


"Nixon" lo devolvía al terreno que mejor maneja, pero los años finales del siglo XX se mostraron escasos, stonianamente hablando, quizá por la calma relativa de la política de su país.
El incombustible Oliver volvía a principios de siglo, tras seguirle el rastro a Castro y decidido, como siempre, a poner las cosas en su sitio.


"World Trade Center", "Alexander" y "W." querían hablar de la nueva era imperialista yanqui, tras los sucesos del 11 de Septiembre.
Las tres películas se tropezaron con la indiferencia de los cinéfilos; y las dos últimas, también con el descalabro comercial.
¿Ya nadie quiere discutir?, se preguntaría Stone.


Ahora desea retratar la crisis, y ha colocado a "Wall Street 2" en lo más alto.
La secuela del clásico de los ochenta ya ha dividido a la crítica y al público, un feliz asunto al que el señor Stone está bien acostumbrado.


El cine norteamericano podría parafrasear a Gordon Gekko y adaptarlo a la ocasión. "Oliver Stone, a falta de mejores directores, es bueno".
Independientemente de lo que se piense sobre él, Stone es aval de la polémica, base del excitement que debería tener siempre el cine.

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