Monday, October 25, 2010

Saving Lindsay


Es la protagonista de una historia que no tiene fin. Porque siempre hay algo que decir sobre Lindsay Lohan.
Desde el mes de junio, su reinado en la prensa amarilla, rosa y negra de Hollywood se confirma irrebatible. Porque la cosa ha desembocado en lágrimas, fallos desfavorables y cárcel.


De Lindsay no se cuentan sus fiestas. Nunca se narra lo que disfruta en sus noches de desvelo, ni toda la gente que conoce, ni lo feliz que debe sentirse cuando está bien cargada.
De Lindsay, se narran las consecuencias: los índices de alcoholemia, los retrasos en los rodajes, los ingresos en centros de internamiento, los incumplimientos en sus obligaciones judiciales.


La Lohan es un cuento moral para su país. Ella le da un poco de sazón, demostrando menos arrepentimiento del que debería.
Y siempre decidida a continuar la fiesta. La propia y la que brinda a los medios.


En verano, pasó dos semanas en la cárcel, y su llantina previa en el juzgado fue el capítulo decisivo que muchos estaban esperando.
A la par, se empezaba a hablar sobre la posibilidad de salvar a Lindsay Lohan.
Se hacía urgente rehabilitarla en todos los sentidos y reavivar las promesas que se depositaron sobre ella hace varios años.


Nunca tuvo oportunidad de demostrar mucho, pero en sus pecas, en su voz rota y en su brillante melena, había olor a estrella. Lo intuimos en "Chicas Malas" o "Georgia Rule", por ejemplo.
Ella misma expresó sus ambiciones, quizá un tanto pueriles; dicen que estudia a Marilyn Monroe y sus películas.


En paralelo, inició carrera musical, y estaba a punto de superar con buena nota la difícil transición de actriz infantil a señorita adulta.
De repente, se cambiaron las tornas, y las noticias se llenaban de las desventuras de la díscola chica de los excesos.


Hay muchos que le echan la culpa a sus padres.
Se dice que, cada uno en su estilo, han contribuido decididamente a que la Lohan sea una vanidosa y una niñata caprichosa.


Por un lado, está la madre, Dina.
Rubia y ambiciosa señorita de Wall Street, llevó a Lindsay a castings desde que la nena tenía tres años.
Ahora Dina Lohan es la representante de su hija y se proclama su mejor defensora.


Desde un tiempo, también es personaje público, y ahí estuvo aquel "Living Lohan", reality show que retrató a toda la familia.


Dina quiere lo mejor para Lindsay, asegura, y se pelea a muerte con los paparazzis.
Pero nunca ha engañado a nadie. Dina es una buena pieza de stage mother, con el tinte rubio y las ínfulas de eterna juventud como seña de identidad.


Y no es ningún secreto que todo lo que se sabe sobre Lindsay lo filtra su querida mamá.


Después está el padre ausente, Michael Lohan, de relación irregular y más bien tensa con su mujer y sus hijos desde su divorcio en 2005.


Especie de madelman pasado de fecha, el señor Lohan ha querido adoptar mediáticamente una fuerte actitud paterna.
Esa misma que no cumple demasiado en la vida cotidiana.


Mientras Dina considera que Lindsay debe tomar las responsabilidades por ella misma, el padre se pone hecho una fiera, critica a su hija en público y asegura que va a acabar mal.


A pesar del bonito cuadro, Lindsay no debe entenderse como una pobre desvalida.


No es ni más ni menos desgraciada que muchos de sus compañeros de profesión.
Simplemente, tanto ella como su séquito han decidido explotar sus momentos de oscuridad para mantener la atención sobre su nombre.


Porque quizá Lindsay no tenga nada más original que su exhibicionismo.
Y, dentro de eso, podría distinguirla esa actitud nihilista de "me da igual si me muero"; en realidad, sólo la prueba de que desconoce el alcance del problema politoxicómano que arrastra.


Llora en el juzgado, saltan las alarmas de sus pulseras detectoras, se cierran las rejas, se sueña en la Betty Ford.
Lindsay Lohan tiene 24 años y, tal vez, toda la vida por delante.

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